Ya son varias las personas que me preguntan qué siento cuando estoy ministrando “arriba” en la plataforma. Esto me ha motivado a escribir esta nota.
Llevo 17 años de estar sirviendo activamente en el ministerio de alabanza y adoración en varios ministerios y grupos musicales, y durante este tiempo, nunca he tenido que decir: “hasta aquí no más… con esto es suficiente.”
Antes que nada quiero dejar claro que estas ideas y opiniones están estrictamente fundamentadas en vivencias y experiencias personales, por lo que no necesariamente reflejan la opinión de todo adorador musical. Es simplemente una breve síntesis de lo que he vivido durante mi trayectoria musical en el ámbito cristiano.
Ya en “MI TESTIMONIO COMO ADORADOR” tuve la oportunidad de contar cómo es que me inicié en esto de la música. Ahora, simplemente describiré lo que se siente estando “allá arriba” del escenario cuando la presencia de Dios cae y ministra a su pueblo.
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Para hacerlo de una manera más práctica resumiré mis ideas ordenadamente numerándolas para su mayor comprensión.
1. La adoración no se empieza acá abajo, sino allá arriba. Todo lo que sale del corazón de un adorador acá en la Tierra, es un reflejo de lo que se está entonando allá en el Cielo. El salmista, David, reconocía que Dios ponía las alabanzas en su boca. Eso significa que acá en la Tierra glorificamos y exaltamos al Padre de la misma manera que se hace en el Cielo. Ahora, eso no significa que Dios no está atento a escuchar lo que nuestros corazones anhelan expresar voluntariamente cuando estamos ante su Presencia, es simplemente que toda su creación fue creada para adorarlo, pero lo que acá hacemos también está haciéndose en el Cielo. De manera que, he aprendido a reconocer que no soy el único que está adorando a mi Papá cuando lo hago, sino que mi corazón se une a melodías angelicales (y precisamente es un verso que aprecio mucho tocar y entonar (“… mi corazón se une, a la melodía angelical”).
2. Nadie dijo que el mejor adorador es quien mejor toca, pero tampoco he visto un adorador excelente que toque mal. David mismo era un buen músico y compositor de muchas canciones. Se ha creído que es un mejor adorador quien es mejor músico, pero esa idea está, no tanto equívoca, sino incompleta. Ser músico y ser adorador, aunque deberían ir de la mano, no siempre son conceptos que se encuentren juntos. He visto a varios músicos excelente, que no necesariamente son adoradores como tales. Simplemente son excelente ejecutores de lo que hacen, mas carecen de la esencia de la adoración. ¿Cuál es la diferencia? El buen músico ama lo que hace, mas el buen adorador ama a aquél por quien lo hace todo.
3. No sólo el pueblo es ministrado, el músico es doblemente ministrado. Muchos músicos pierden la oportunidad de recibir lo que
Dios tiene para ellos cuando adoran porque están muy enfocados en lo que están haciendo técnicamente y no en lo que están provocando espiritualmente. Cuando adoro desde mi instrumento, sé que no sólo estoy agradando a Dios con mis ritmos, sino que con lo que de mi corazón sale. Creo que esa es la diferencia que sentimos cuando vemos a alguien que simplemente toca, y aquél que ministra cuando toca. De manera que no sólo estoy recibiendo por ser músico, sino porque soy su hijo y estoy adorándolo mientras le sirvo.
4. A veces no se ”siente” nada, aunque sí se hizo mucho. Esto es muy cierto, aunque duela reconocerlo. El hecho de que no “sintamos” a Dios, no significa que Él no esté allí. Lo mismo sucede con la música. Hay ocasiones en que aparentemente, “nada nos ministró” simplemente porque no lo sentimos. Pero, eso no significa que Él no haya recibido lo que de nosotros brotó. Es simplemente que “ese día” nuestros sentimientos no fueron ministrados”, pero nuestro espíritu sí. Juzgar la eficiencia de nuestro trabajo en la alabanza sólo en lo que nuestros sentimientos y nuestras emociones nos dicen es un grave error. No podemos sujetar lo que hacemos a nuestros sentimientos. Debemos saber que lo que hacemos (cuando lo tenemos la actitud correcta) tiene consecuencias más allá de estímulos temporales humanos… puesto que estamos provocando cambios de atmósferas espirituales en los aires, y eso es más de lo que nuestros sentimientos o emociones pueden percibir muchas veces. Me he sorprendido cuando personas me dicen lo que fueron ministradas cuando yo tocaba aún sin haber “sentido” nada yo mismo. Simplemte dí lo mejor que tenía. No se trata de mí, se trata de Él; y cuando lo lo alabo no determino mi eficiencia espiritual según mis emociones.
5. El desempeño técnico determina el resultado espiritual. Falso. Si fuera así, nuestra capacidad técnica sería directamente proporcional a lo que espiritualmente podríamos provocar. Es decir, el mejor músico provocaría una mayor manifestación del Espírtu Santo que quien está aprendiendo a tocar. He visto músicos principiantes entregarse más en lo que están tocando que otros muchos más avanzados que apenas comprenden lo que están haciendo, y en consecuencia, los primeros ministran y logran mucho mejores resultados que quienes llevan años tocando pero haciendo siempre lo mismo.
6. Ensayar mucho hará que la Presencia de Dios fluya. Falso. No puedes ensayar el fluir del Espíritu Santo, pero sí puedes prepararte para que cuando decida hacerlo, lo ministres bien. Dios no necesita ensayar. Eres tú quien debe hacerlo (y constantemente, por cierto). Ensaya todo lo que quieras, pero si tu corazón no está apasionado en lo que hace y por quien lo hace, no apreciarás lo que el Espíritu Santo es capaz de hacer por ti. ¿Quién ensaya un cántico nuevo? ¡No sería nuevo si lo hiciera! ¡Y qué cosas suceden cuando se entona uno!
7. Ensayar más hace que la ministración sea más ordenada. Cierto. La Biblia dice que Dios es un Dios de orden, y los ensayos son ocasiones para “ordenarnos” en lo que nos corresponde hacer. Un ambiente ordenado, musicalmente hablando, siempre provocará un mejor resultado que uno desordenado.
8. Se debe hacer una lista de canciones y sujetarse a ella en todo momento. Falso. El listado de canciones es una forma de ordenarte y te obliga a no estar improvisando según tus propias comodidades: “hmm, como no ensayamos, entonces toquemos lo mismo de siempre… al fin y al cabo esas salen bien”. Pensamientos así cierran el corazón de quien sea y no deja que el Espíritu de Dios revele lo que debe ministrarse. Sin embargo, hay que estar muy atentos a lo que Dios quiere hacer en el momento que lo quiere hacer. He escuchado a grandes predicadores decir “Dios me pide que haga o diga esto… aunque no lo haya planificado previamente”. Lo mismo sucede con la música. No puedes planificar todo por Dios, Él siempre sabe mejor que tú lo que se debe y necesita hacer. Entonces, ¿no debo hacer listado? Falso. Debes hacerlos, pero desde el momento que los hagas, esucha lo que Dios tiene para decirte. Pero siempre deja un espacio para que Él (no tú) ponga el punto y final al programa.
…continuará