Mi testimonio como adorador

Fernando Arias

Fernando Arias

La adoración que sale del corazón de un verdadero adorador siempre llega al Padre, porque Él a tales adoradores busca (paráfrasis: Juan 4:23).

Con frecuencia suelo recibir comentarios acerca de la manera en que adoro al Señor a través de la música, específicamente usando las percusiones como instrumento. Aunque no siempre tan espirituales, las opiniones de quienes han evidenciado mi forma de adorar a Dios, se inclinan más hacia lo positivo. No obstante, sé que hay personas que quizás no conciben la idea de que mi alabanza tiene un propósito muy especial que encaja con lo que Dios espera de mí cuando lo hago.

Mi consuelo –y por qué no decirlo- mi inspiración, es David. La Palabra nos dice claramente que Él tuvo un corazón conforme al de Dios. Así, demostraba su admiración por su Padre alabándolo incesantemente. David no tenía reparos en cuanto a la manifestación expresiva de su alabanza. Danzaba, cantaba, saltaba sin penas ni temores. Sabía levantar un altar de adoración profunda. Ese, es mi deseo. Déjame contarte un poco de mi testimonio como músico-adorador.

Nací hace 28 años en Guatemala, y a los pocos años de edad, mi madre se encargó de cumplir un pacto que Dios había hecho con ella al hacer sido sanado milagrosamente a mis escasos dos meses de edad. No pasó mucho tiempo antes que la gente –sobretodo mis padres- notaran mi inclinación por la música. Cuenta mi mamá que solía imitar a muchos famosos de la música, así como a predicadores que salían en la televisión.

Recuerdo muy bien que para mis cumpleaños y navidades, esperaba con muchas ansias mi próximo instrumento musical. Tenía preferencia por los teclados y los tambores. De hecho, mis primeros instrumentos fueron: una marimba y un tambor de juguete. Recuerdo haber tenido una guitarra plástica verde que colgaba sobre la cabecera de mi cama, con la que acompañaba en ocasiones a un amigo hondureño de la familia a cantar canciones rancheras. Luego, para mi séptimo cumpleaños, el más grande regalo musical a la fecha: mi primer teclado electrónico (CASIO).

Para ese entonces, mi pasatiempo favorito era visitar a mi abuela y pasar horas escuchándola tocar el órgano. Fue ella quien me invitó por primera vez a sentarme a su lado mientras me enseñaba a tocar “I Just Called to Say I Love You” –creo que así se llama- de Stevie Wonder. Ella después se encargaba de tocar los bajos y acompañamientos, y yo, la melodía de esa canción con mi “manita” derecha. Tenía seis o siete años. No puedo dejar de mencionar la importancia que tuvo para mi vida el que mi abuela me dejara tocar con ella el órgano y no me reprimiera cada vez que llegaba a visitarla. ¡Gracias, mamita!

Fernando Arias

Fernando Arias

Paralelamente, mi mamá me enseñaba a leer las primeras notas y escalas musicales y a tocar mis primeras melodías. ¿Quién no recuerda canciones sencillas como “palitos chinos”, “Mary had a Little Lamb” y otras como “Yes, Jesus Loves Me…” o “Dios está aquí…”. ¡Gracias, mama!

Debo reconocerlo, cuando era pequeño –y hasta mi adolescencia-, los domingos, me costaba mucho concentrarme en el servicio debido a que mi vista siempre se dirigía hacia los músicos. Me inquietaba mucho la batería. Le pedí a mi mamá que hablara con el Director de la Alabanza –jejeje- quien accedió a escucharme o enseñarme algunas cosas si yo estaba dispuesto a ir todos los sábados desde la mañana hasta que iniciara el culto de jóvenes a las 4:00pm. En una ocasión –a iglesia cerrada- toqué por primera vez una batería. Debo admitirlo, no creo haber logrado mucho. Pero los ojos del Director estaban en posición de asombro y eso me motivó a darle tan duro y con tal pasión que le dijo a mi mamá que no dejara de enviarme cada sábado con Él. Su nombre: Jose Rafael Flores (nunca te olvidaré aunque tengo casi quince años de no verte ni saber de vos). ¡Gracias, Jose R! En fin, yo vivía en la Ciudad Capital de Guatemala, pero la iglesia estaba en Palín, Escuintla a muchos kilómetros de la Ciudad. Pero eso nunca impidió que yo me levantara temprano para salir y llegar lo más temprano posible. No almorzaba, difícilmente me sacaban de la iglesia. Permanecía en el templo siete horas seguidas, descubriendo poco a poco mis talentos y una profunda necesidad de buscar la presencia de Dios. La mayor parte del tiempo, permanecía sólo en el Templo.

La primera batería que toqué. Tenía sólo 11 años cuando la toqué por primera vez en Iglesia Shekinah. Está en óptimas condiciones, 17 años después.

La primera batería que toqué. Tenía sólo 11 años cuando la toqué por primera vez en Iglesia Shekinah. Está en óptimas condiciones, 17 años después.

Así, aprendí a tocar –en piano, guitarra, bajo y batería- canciones muy de moda en aquella época: Más que vencedor, Tú eres Dios / eres Rey, Con mi Dios, La Cosecha; o canciones de adoración como: Mi mejor adoración, Yo quiero ser como Tú, por mencionar algunas.

Recuerdo que a mis doce años de edad, se me dio la oportunidad de participar por primera vez en un servicio. Esa vez toqué el bajo. Mi primera canción: La Cosecha (Alza tus ojos y mira, la cosecha está lista…”). Ese día, mi mamá llevaba cámara y me tomó un chorro de fotos antes, durante y después del servicio. El bajo me quedaba enorme y pesaba una tonelada. Pero sentí algo que nunca había sentido antes. Esa vez conocí lo que significaba ser un ministro de alabanza. Cómo me sorprendía ver las caras de las personas alabando y exaltando al Rey de Reyes a través de las notas musicales que yo con mucha dificultad tocaba.

En mi doceavo cumpleaños, mi papá milagrosamente (y no exagero) accedió a comprarme una batería. La cual permití esa noche que él tocara primero que yo. Fue una noche maravillosa. Ver a mi padre tocar conmigo en la sala de la casa es un recuerdo que está muy grabado en mi mente. ¡Gracias, Papa! Esa batería fue un icono en mi casa y en mi colonia familiar (PeñaFlor). También, recibía clases de música con el maestro Edgar Cajas (ahora la Escuela para Maestros de Música Alfredo C.), quién me enseñó a valorar la música como lo hago hasta ahora. Era muy exigente, así que debo admitir que a veces buscaba hasta razones para ausentarme a las clases. Cualquier vecino debía escucharme al menos dos horas diarias tocando sin cesar. Después, solía dejar abierta la puerta de la sala para que mis abuelos me escucharan tocar en el piano piezas de Bethoven, Mozzart, Strauss, y Claiderman mientras ellos tomaban café a las 5:00pm en la vecindad. Mi abuela agradecía mucho ese gesto de mi parte y me lo recompensaba invitándome a refaccionar y regalándome naranjas todas las tardes. A su vez, a pesar de las típicas dificultades que un adolescente puede tener, mi pasión por la música y una conexión con Jesús a través de ella seguía creciendo cada vez más.

Por algún tiempo, durante mi juventud, toqué en grupos seculares acompañando a varios artistas en géneros musicales diversos. Sin embargo, en una ocasión, Gunnar, un gran amigo y compañero del Colegio con quien tocábamos todos los fines de semana, me pidió que fuera a tocar a su iglesia porque no tenían baterista para el servicio del domingo. A partir de esa fecha nunca he dejado de formar parte de un grupo de alabanza y adoración. ¡Gracias, Gunnar! Lo que empezamos en aquellas fechas ha dejado una profunda huella en mi caminar.

Con el tiempo, el número de bateristas crecía y no había nadie que tocara –o se interesara al menos- por la percusión. Así que compré mis primeros bongós corintos –todavía los tengo- y empecé a tocar solamente los bongós. No sabía lo que hacía, pero estaba descubriendo los instrumentos que más influirían en mi carrera musical. No pasó mucho tiempo antes de que el Pastor decidiera comprar unas congas –también corintas- para que las tocara. Al tiempo compré las mías. Decidí estudiar la percusión a fondo y descubrí que era una familia de instrumentos muy amplia y versátil. Recibí clases con uno de los mejores percusionistas de Guatemala, Fernando Pérez, con quien pasé horas tocando los tambores en la sala de su casa. ¡Gracias, Fernando!

En el acústico de MALÍN, presentando el disco "Abrirás las puertas" en abril 2009

En el acústico de MALÍN, presentando el disco "Abrirás las puertas" en abril 2009

Hasta ahora, casi veinte años después, a partir de ese tecladito electrónico –que aún conservo- la música ha activado un don profético en mi vida. Adoro a Dios con todas mis fuerzas y disfruto lo que hago. Es agradable escuchar –aunque jamás ha sido el motivo de mi alabanza- a personas en la iglesia acercarse y felicitarme por lo que hago. Mi respuesta siempre ha sido y será la misma: “Gracias, es Él a través de mí. Y es por Él que lo hago, pero siempre, Gracias.”

Algo que quizás las personas no saben es que antes de tocar un solo de percusión, por ejemplo, que dicho sea de paso, cómo me los piden en “la igle” –jejeje- en mi mente recito las siguientes palabras: “¡Padre, guía mis manos!”. Esas cuatro palabras activan algo en mí que ni yo puedo explicar. Sólo sé que son una respuesta genuina de una gratitud y un profundo anhelo de conectarme con mi Papá allá en los cielos. Dios me ha bendecido tanto, tanto… permitiéndome tocar con adoradores de gran trayectoria musical y ministerial.

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A alguien a quien le debo muchísimo por lo que ha sembrado en mí es a Renato Calvinisti… pertenecer a tu ministerio musical me ha brindado otro panorama de la necesidad que hay de llegar el mensaje del evangelio de una manera sencilla a los más necesitados, usando la música como medio de expresión para adorarlo. ¡Gracias, Renato! Has apadrinado mi talento acá en la Tierra con tu sabiduría y sabias enseñanzas. ¡Sos un ejemplo de adorador! Bendigo el día en que te conocí en aquélla actividad de Ondas…

Sin embargo, he aprendido algo que quiero compartirte antes de finalizar este testimonio: La misión astuta de Satanás es desviar el rumbo de tu adoración. En vez de que llegue al cielo, él quiere que se quede acá en la Tierra. En pocas palabras, que adores no lo que está allá arriba, sino lo que está acá en el mundo. Que adores el sexo ilícito, las drogas, la mentira, las perversidades y los placeres temporales de este mundo. Y que uses los dones que Dios te ha dado para ello.

Recuerda siempre que el motivo de tu adoración es Dios, tu Padre. Regresa y vuelve a los caminos en donde una vez se inició una profunda comunión espiritual. Te invito a meditar sobre las primeras canciones que pronunciaron tus labios y alábalo de nuevo como solías hacerlo.

No importando las herramientas que uses para alabar y adorar, ¡siempre levanta tu mirada y fíjala en lo eterno!

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